es constitucional, no confundas

Mi computadora portátil

Publicado: 2019-08-28

Mi computadora portátil camina lenta y le cuesta encender. Su corazón (o batería interna) ahora necesita estar siempre unida a un enchufe para conectarse al ciberespacio. Es un preciado regalo, me acompaña desde hace muchos años. Hemos viajado por América Latina, Norte América, Europa, Asia y hasta llegó al desierto del Sahara, donde sobrevivió a una tormenta de arena.  

Ella guarda cientos de cartas, unas alegres y otras tristes. También almacena muchos correos sin leer (quizás ya los leyó sin avisarme) Están los guiones de mis películas, fotos de momentos inolvidables, artículos que considero importantes y las memorias de mi padre, que pudo ver publicadas antes de morir. Durante estos años compartidos ha resistido a todo tipo de virus sin apenas quejarse. Nunca hice una copia de seguridad de la información que cuida. Hacer una copia sería un gesto de desconfianza. Algunos me dicen que todo lo guarda también en una nube, o quizás en alguna estrella.

En uno de esos viajes que hicimos juntos, fuimos a Japón para asistir al festival de cine de Yamagata. Fue un vuelo interminable, nunca habíamos estado tanto tiempo en un avión y por un momento pensé que el resto de mi existencia iba a transcurrir en ese pájaro de metal. Felizmente después de incontables horas en el cielo, descubrí que debajo del asiento había un enchufe para conectar a mi querida compañera. Saqué su cordón umbilical y la enchufé para distraernos juntos, escribiendo algún proyecto que nos gustaría realizar.

Esta vez tuvimos que hacer varias escalas. Desayunamos y cenamos en países distintos y finalmente cuando llegamos al último transbordo sucedió algo terrible: al cambiar de vuelo, la dejé enchufada en el avión anterior y volé a otro continente pensando que me acompañaba. No me di cuenta de nuestra separación hasta aterrizar en el país Nipón. Una gran desesperación me invadió al pasar por el detector de metales del aeropuerto de Tokio y descubrir que mi compañera de viaje no estaba en mi maletita de mano.

Ni bien crucé inmigración le conté a la encargada del festival que me esperaba (una japonesa muy amable que hablaba castellano) lo que me había sucedido. Ella no entendía mi angustia, pero me dijo que haría todo lo posible por ayudarme. Me tranquilizó y me llevó del aeropuerto a una estación de trenes ultramodernos. Inmediatamente después me embarcó en un tren en dirección a Yamagata. Yo creía que me iba a acompañar, pero aquella amable japonesa se despidió desde el andén moviendo sus manos con delicadeza. En ese momento sentí que nunca llegaría al festival y que además jamás volvería a ver mi computadora.

De ese tren que viajaba a 250 kilómetros por hora conseguí bajarme de puro milagro en Yamagata, ya que todas las indicaciones estaban en japonés y yo estaba desesperado sintiendo que cada vez me alejaba más de mi computadora. Al llegar, en la estación me esperaban otras japonesas, eran las encargadas de llevar a los invitados del festival al hotel. Las nuevas anfitrionas no hablaban castellano pero intenté explicarles lo que me había sucedido haciendo gestos y señales. Fue inútil y unos minutos después desistí. Luego, solo y agotado en mi habitación del hotel, trataba de imaginar donde podía estar mi computadora. ¿A qué país habrá ido a parar? ¿Quién leerá mis correos sin leer?, me preguntaba sin poder dormir. Unas horas después caí rendido y soñé que nos habíamos encontrado.

Al día siguiente presentaba mi película Sigo Siendo, sobre la música popular en el Perú. El festival de Yamagata es el festival más importante de cine documental de Asia y podían surgir oportunidades para nuevos proyectos, pero yo solo pensaba en mi computadora. Antes de la proyección pedí reunirme con el director del festival y le conté lo sucedido. Al verme tan preocupado me llevó a una oficina de objetos perdidos, donde me pidieron los datos de mi artefacto electrónico. En ese momento descubrí que no sabía la marca de mi computadora ni el modelo. Era algo en lo que nunca había reparado, ella era sencillamente mi computadora. Apenas alcancé a decir: es viejita, el cristal de la pantalla está pegado con cinta scotch negro y solo funciona si la conectas a un enchufe. Si alguien la encuentra díganle que es mejor no tenerla enchufada todo el día porque se recalienta.

Los japoneses de aquella oficina me miraban como si pretendiera recuperar un dinosaurio. Después se ofrecieron a acompañarme a un centro comercial donde había miles de computadoras más modernas y de todos los precios. Les agradecí su amabilidad y les expliqué que necesitaba recuperar la mía. Les dije que guardaba información de alto valor confidencial, documentos muy importantes que eran casi secretos de Estado y una película sin estrenar que podía terminar en la piratería. Evidentemente nada de eso era cierto, pero fue la única manera de que no desistieran de seguir tratando de encontrarla.

Ese día fui desolado a mi proyección. A la salida del cine se me acercó un japonés y me dijo en perfecto castellano que era intérprete de guitarra ayacuchana. Se llamaba Shin y era un gran conocedor de la música peruana. Le había gustado mi película y después de hablar un rato me propuso ir a tomar algo. Yo no estaba animado pero de pronto Shin desenfundó su guitarra y tocó un par de temas en plena calle. La verdad fue emocionante escuchar las melodías huamanguinas en una esquina perdida de Yamagata. Nos fuimos de bares y entre copa y copa le conté mi problema. Shin me comprendió y me consoló. Terminamos de madrugada bebiendo sake para olvidar.

Shin aparte de músico también era cineasta. Pasamos un par de días juntos, tuvimos buenas conversaciones, me paseó por la ciudad y me ilustró sobre la cultura japonesa. También me contó que era un país donde el principal problema era la soledad. Me dijo que la gente vivía solo para trabajar y que habían cinco suicidios semanales por no cumplir metas laborales. Seguro que existen japoneses que se han suicidado por no conseguir fabricar el número de computadoras trazados por su empresa, me comentó.

Shin me hizo olvidar por momentos la pérdida de mi computadora. Luego dejamos Yamagata rumbo a Tokio donde yo tenía otro pase de la película. Le había propuesto a Shin que diera un concierto de guitarra ayacuchana al terminar la proyección y había aceptado. Aquella noche en el cine, Shin dio un concierto inolvidable y luego a modo de despedida me llevó a conocer los bares del Tokio underground. Yo traté de no hablar de mi computadora, aunque entre sake y sake el tema fue inevitable. Shin fue como siempre comprensivo y me dio esperanzas.

Al día siguiente dejé Japón y tuve que volver a realizar aquel viaje interminable. Sin mi computadora el vuelo me pareció durar el doble. Pasé horas pensando que quizás había llegado el momento retirarme de la vida virtual. Llegué a la conclusión que esta separación era una señal y que debería empezar una nueva etapa vital, alejado de la tecnología y más en contacto con el mundo real.

Un mes después de mi retorno, andaba acostumbrándome a la era anterior a internet, cuando de pronto recibí una llamada. ¡Eran aquellos japoneses encargados de rastrear mi computadora y la habían encontrado! Había aparecido en Canadá y me pusieron en contacto con el aeropuerto de Montreal, donde estaba custodiada por la policía. Llamé inmediatamente y me informaron que me la podían enviar, pero que por un tema de aduanas para recibirla en Madrid tenía que hacer una gestión de exportación e importación del artefacto. Me explicaron que mi computadora por su antigüedad y las condiciones en que se encontraba tenía un “valor cero”, pero que la gestión de importación y exportación era un trámite caro. Además había que sumar el coste del transporte.

Las injustas leyes del mercado habían condenado a mi computadora al valor de cero, y las leyes de aduanas hacían que su valor subiera por lo menos tres veces su costo original. Pagué sin dudar lo que me dijeron para que volviera a cruzar el mundo y unos días después estuvo otra vez entre mis manos.

Hoy escribimos juntos estas líneas desde el Perú y estamos a punto de emprender un nuevo viaje. Seguiremos unidos hasta el día que su corazón interno deje de latir y regrese a la estrella de donde algún día vino. Porque me niego a creer que fue fabricada en serie por una de esas empresas japonesas donde sus trabajadores se suicidan por no cumplir las metas laborales.


Escrito por

Javier Corcuera

Director peruano. Entre sus películas se encuentran "Sigo siendo", "La espalda del mundo" e "Invierno en Bagdad".


Publicado en

Javier Corcuera

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